 |
|
Tropas de los Estados Unidos en Paraguay. |
El uso de categorías y conceptos
tales como imperialismo o sistema de dominación
parece expresar consensos muy amplios que no necesariamente
son tales. En la manera como abordamos los problemas
o en el enfoque de análisis hay diferencias de
matiz que pueden dar lugar tanto a interpretaciones
o apreciaciones variadas sobre los desafíos de
la realidad como al desentrañamiento de las estrategias
de los sujetos en acción. Es importante, por
ejemplo, no perder de vista los límites históricos
del imperialismo, las diferencias de sustancia y alcance
de los imperialismos que el mundo ha conocido y la inscripción
de cada uno de ellos dentro de la lógica general
de las relaciones de poder y dominación.
Como provocación yo diría
que el imperialismo es una de las formas que asume la
dominación, pero no es la única. Con la
desaparición del imperialismo no se resuelve
la dominación que abarca dimensiones tan complejas
como las de las relaciones de género, de cultura,
de lengua y muchas otras que significan las prácticas
relacionales en los micro y macroniveles. Las lógicas
del poder, que se transforman aparencialmente de acuerdo
a las situaciones y circunstancias históricas,
adoptan formas imperiales pero también formas
consensuales para imponer sus reglas del juego. Los
acuerdos aprobados en la OMC, las reglas legitimadas
del FMI, las disposiciones perversas de los tratados
de libre comercio e incluso las reglas de las democracias
formales que padecemos son otras tantas formas de establecimiento
consensual de las relaciones de dominación.
Como estudiosos de los fenómenos
económicos y sociopolíticos contemporáneos,
como pensadores críticos y actores políticos,
estamos obligados a ser muy precisos y desentrañar
la sustancia oculta de éstos sin simplificaciones
abusivas que en vez de contribuir a una buena comprensión
y al diseño de estrategias de lucha inteligentes,
nos lleven a enfrentamientos de conjunto, incapaces
de penetrar por las porosidades del poder. Si seguimos
hablando hoy de imperialismo estamos obligados a caracterizarlo;
a marcar sus diferencias con el imperialismo de otros
tiempos y a marcar también sus propias limitaciones.
Es necesario elaborar teóricamente la posibilidad
de una fase del capitalismo caracterizada por la dominación
sin consenso para ver si esto, que a simple vista se
muestra como insensato, tiene condiciones de posibilidad.
O si se trata de momentos temporalmente limitados, y
muy riesgosos por cierto, dentro del capitalismo, valorar
su contribución a incrementar las condiciones
generales de vulnerabilidad.
Tenemos que profundizar en las diferencias
de estatuto general y de contenidos específicos
entre imperialismo y colonialismo. Al menos en la lucha
de los pueblos americanos el problema no se terminaría
aboliendo las relaciones de explotación, aunque
seguramente sería un punto de partida muy atractivo,
sino que tenemos que enfrentar simultáneamente
problemas de clase, de discriminación racial,
de género y muchos otros que tienen que ver con
la difícil conformación de una socialidad
impuesta, contradictoria y resistida. La colonización
no se realizó en la esfera del trabajo o de la
producción, aunque también, sino que sobre
todo se enfocó a los cambios de mentalidad, a
la extirpación cultural e histórica de
los pueblos mesoamericanos, caribeños y andinos,
a la conquista de las mentes.
Estoy convencida de que no podemos
ser antiimperialistas sin ser anticapitalistas y anticolonialistas.
Sin saber hasta dónde el antiimperialismo conduce
a la construcción del otro mundo que estamos
buscando. Es necesario precisar el significado del antiimperialismo
y sus límites, así como el valor que tiene
dentro de la lucha general contra el sistema de dominación,
que es nuestra lucha. Hay que rechazar la idea de que
cuestionar el uso de ciertas categorías es posmoderno,
o que el uso de ellas nos ubica de un lado o de otro
de la cuestión. Los conceptos son herramientas
para entender mejor la realidad y para transformarla.
Los cientistas sociales no toman partido, analizan desde
una posición de compromiso, eso sí. Buscan
los matices, hurgan en los meandros, se sumergen en
las profundidades para poner en evidencia las complejidades
del sistema de poder; para encontrar nuevos caminos
desentrañando la esencia del poder. La esencia
de las relaciones sociales, de las relaciones entre
sujetos que no están establecidos o conformados
de una vez y para siempre, ni emanan naturalmente de
las estructuras. Los sujetos se construyen a sí
mismos en el proceso social, en la lucha, en la resistencia
y a través de esa lucha es que se van modificando
también las formas y modalidades de la dominación.
No sería posible explicar de
otro modo la tónica militarista que invade las
escenas de la “libertad de mercado” impulsadas
por el neoliberalismo como mecanismo privilegiado de
reordenamiento social. No hay más libre mercado,
si es que lo hubo. Las normatividades que se van estableciendo
universalmente por la vía de los tratados económicos
y de las negociaciones en organismos internacionales
como la OMC, no propician la libertad sino la imposición,
pero además se acompañan, cada vez más,
de medidas de control militar y militarizado ahí
donde el rechazo de la población se manifiesta
de forma organizada y/o masiva.
Decir que se trata de políticas
imperialistas no nos aporta elementos para entender
las maneras específicas en que esta militarización
se despliega sobre el mundo y sobre América Latina.
No permite saber la diferencia entre los procesos de
militarización de los años setenta y los
actuales, por ejemplo, ni encontrar el modo de desmontarlos
desde su esencia.
La modalidad militarizada del capitalismo
de nuestros días juega con mecanismos de involucramiento
generalizado y aborda científicamente la dimensión
simbólica y de creación de sentidos que
permite construir un imaginario social sustentado en
la existencia de un enemigo siempre acechante y legitimar
la visión guerrera de las relaciones sociales
y las políticas que la acompañan (Ceceña,
2004). Esto supone que la militarización de las
relaciones sociales es un fenómeno complejo que
no se restringe a las situaciones de guerra abierta
sino que incluye acciones de contrainsurgencia muy diversas,
que comprenden ese manejo de imaginarios, todos los
trabajos de inteligencia, el control de fronteras, la
creación de bancos de información de datos
personales, la introducción de nuevas funciones
y estilos en las policías ocupadas de la seguridad
interna, e incluso la modificación del estatuto
de la seguridad en el conjunto de responsabilidades
y derechos de los Estados.
Caracterizar el momento actual sobre
la base de la militarización de las visiones
y estrategias hegemónicas no descarta la identificación
de la guerra, de la sustancia de la guerra, como un
elemento inmanente, consustancial, a las relaciones
capitalistas. Pero si bien la guerra es sólo
otra forma de entender la competencia, históricamente
se van modificando los énfasis o los terrenos
en los cuales se desatan las estrategias de clase, en
este caso de la clase dominante, y en que se configuran
las diferentes modalidades o momentos en las relaciones
de dominación. Hace cinco años o un poquito
más nadie estaba hablando de que el militarismo
fuera el elemento dominante y sin embargo estábamos
en este mismo sistema. Se hablaba del neoliberalismo,
del mercado, de que el eje ordenador de la sociedad
eran las relaciones de mercado y que era a través
de estas relaciones de mercado como se disciplinaba
y como se concebía a la sociedad en su conjunto.
Hoy eso nos es insuficiente para entenderla,
pero también le es insuficiente al poder para
reorganizarla y controlarla; entre otras cosas por que
es una sociedad que se mueve tanto, que se insubordina
tanto, que no permitió que el mercado la disciplinara,
obligando a usar otro tipo de herramientas. No quiere
decir que el mercado desaparezca como disciplinador,
quiere decir que la dimensión militar se sobrepone
al mercado desplazándolo de su carácter
de eje ordenador, que la visión del mundo adopta
un contenido particularmente militarizado, y que es
a partir de la visión militar que la totalidad
no sólo se reordena sino que cobra un nuevo sentido.
La hegemonía consiste en universalizar
una visión del mundo, pero la universalización
se hace de muchas maneras. A través de imágenes,
a través de imposiciones, de discursos, de prácticas.
Por ejemplo, haciéndonos aceptar como algo natural
que la presencia de Bush en Mar del Plata justifica
la llegada de aviones de guerra estadounidenses cargados
de armamento en suelo argentino, lo que no es normal,
no es natural, no es algo que tengamos que aceptar,
pero esto forma parte de las imágenes que naturalizan
las relaciones de poder y sus normatividades.
Me parece que en el caso de esta militarización
de los últimos tiempos la batalla más
importante la están ganando los poderosos en
el terreno cultural, a través de una serie de
mecanismos, entre los cuales los medios de comunicación
son muy importantes pero no son los únicos. Están
ganando la batalla en la medida en que logran convencer
de que el mundo es un lugar de competencia, de disputa,
en el que tenemos que batirnos unos con otros para ocupar
nuestro espacio, por lo demás, siempre incierto.
Tenemos que competir entre nosotros por un empleo, por
los planes de desempleo, por la seguridad social. Batirnos
a muerte por ser incluidos en el reino de los explotados
y precarizados, como si esa fuera nuestra utopía
de mundo para el futuro.
Esa batalla cultural es una batalla
por la construcción de sentido, no es de colocación
de bases militares. La militarización se está
metiendo en las cabezas y no solamente en las bases
militares. Se está metiendo en las leyes, antiterroristas
o simplemente de control de movimientos, y no solamente
con la presencia de soldados, aunque también
con la presencia de soldados en bases militares.
Percibo que en términos de los
paradigmas de militarización para América
hay una construcción de capas envolventes en
las cuales se van abarcando diferentes dimensiones de
establecimiento de relaciones de sometimiento. Entre
esas capas envolventes se encuentran, como círculos
concéntricos, los cambios de normatividad, el
establecimiento de normas continentales para la seguridad
interna, el cuidado de las fronteras, los ejercicios
militares en tierra, los ejercicios en los ríos
y canales de internación en los territorios,
el establecimiento de una red continental de bases militares
y los ejercicios navales que permiten circundar todo
el continente, estableciendo una última frontera,
más allá de las jurisdicciones nacionales.
Desde Irak hasta la Patagonia, los
poderosos han puesto especial cuidado hoy en construir
una legalidad que justifique sus acciones de intromisión.
Ante una legitimidad fuertemente cuestionada se generalizan
las leyes antiterroristas que tienden a crear, por un
lado, una complicidad entre todos los Estados y por
esa vía van imponiendo políticas y juridicidades
supranacionales y, por el otro, una paradójica
situación de estado de excepción permanente
en el que todos los ciudadanos serán rigurosamente
vigilados porque todos son sospechosos, aunque todavía
no se sepa ni siquiera de qué. Generalmente de
pretenderse sujetos. El derecho se coloca al servicio
de la impunidad aunque se reivindique democrático
y los cuerpos de seguridad empiezan a construir el panóptico
que vigila desde todos los ángulos: con cámaras
de video en los bancos, en los semáforos, en
las calles transitadas; que permite la intercepción
telefónica en casos que así lo ameriten;
que permite la tortura cuando se trata de detenidos
catalogados como terroristas sin ningún juicio
previo y que admite la detención de cualquier
ciudadano sin orden de aprehensión previa, simplemente
para investigar. Es decir, se trata de imponer la cultura
del miedo en una población que no podrá
saber previamente a la detención si era sospechosa
de algo, como medio para paralizar y disuadir de conductas
terroristas o insurgentes. Los delincuentes comunes
tienen construida toda otra red de relaciones que sólo
casualmente son tratados de acuerdo a estas mismas normas.
Como parte del panóptico y nuevamente
como otra de las paradojas de los discursos del poder,
al lado de la pregonada libertad de tránsito
para las mercancías, las inversiones y los cuerpos
de seguridad, se ha ido restringiendo cada vez más
el libre tránsito de personas. Los mejores y
más trágicos ejemplos son las fronteras
impuestas al pueblo palestino en su propia tierra y
los muros de contención a migrantes desesperados
en la frontera entre México y Estados Unidos
y en el sur de España, no obstante, las fronteras
no siempre se cierran de manera tan visible y evidente.
Mucho más sutil pero quizá más
peligroso por la amplitud y alcances que puede llegar
a tener es el control de inteligencia que hoy utiliza
los adelantos de la tecnología para aprovechar
el tránsito a través de las fronteras
como mecanismo de seguimiento personalizado. El panóptico
se materializa en las nuevas fotografías que
incluyen los pasaportes, con reconocimiento de iris
o con otro tipo de identificación biogenética
que inmediatamente incorporan los movimientos de la
persona a un banco de datos centralizado en Estados
Unidos y que está a disposición de los
servicios migratorios de la región (en el caso
nuestro del Continente americano) como en otro momento
y con menos recursos tecnológico ya se hizo con
el Plan Cóndor. La eficacia macabra con la que
el Cóndor desarticuló los movimientos
sociales en los años de las dictaduras militares
en América del Sur tiene hoy posibilidades multiplicadas
al poder usar tecnologías que son a la vez mucho
más precisas y mucho más abarcantes; sin
embargo tiene en contra, evidentemente, el aprendizaje
de los pueblos y su capacidad de lucha y resistencia.
Este control de fronteras y la imposición
de leyes con implicancias supranancionales, combinado
con la dilución de los límites internacionales,
convierten en una ilusión las soberanías
nacionales. La pretensión de privatizar las aduanas
de México, los tratados transfronterizos para
la gestión de recursos naturales que caen bajo
la jurisdicción de más de un Estado y
que están permitiendo evadir leyes nacionales,
por ejemplo, son mecanismos de conculcación de
soberanía. En el caso del acuífero Guaraní,
por citar un caso muy delicado y relevante, la negociación
se hace entre los cuatro países implicados y
con la intervención de Estados Unidos (en el
esquema del cuatro más uno) mediante el apoyo
experto del Banco Mundial. Lo mismo ocurre con selvas,
oleoductos u otros recursos que pasan a ser tratados
ya sea como novedosos y por tanto no contemplados en
las legislaciones nacionales, ya sea como problemas
de “seguridad nacional”. Y en este continente
se sabe que seguridad nacional es seguridad nacional
de Estados Unidos en el territorio que no es de Estados
Unidos, o no solo en territorio que es de Estados Unidos.
Las fronteras, que hasta ahora eran custodiadas por
las fuerzas garantes de la seguridad interna en la vieja
acepción, hoy se han convertido en zonas de seguridad
estratégica custodiadas cada vez más por
los cuerpos de seguridad del gendarme mundial.
En diversos casos los ríos o
lagos son los que marcan las fronteras. Pues bien, estos
son justamente los espacios privilegiados de localización
de los ejercicios militares conjuntos (con Estados Unidos,
se entiende) actualmente. Los ríos son un canal
de penetración muy distinto al que se estaba
utilizando cuando se hacían los ejercicios directamente
en tierra y permiten además no sólo la
utilización de fuerzas anfibias sino la definición
de actividades tanto en agua como en tierra, matando
dos pájaros de un tiro. En esta situación
se encuentra la zona del río Paraná. Curiosamente,
cuando se trata de ejercicios ribereños, es más
fácil evadir la aprobación de los Congresos
de los países limítrofes porque el río
aparece como territorio relativamente neutro. Es como
si se estuviera ante una legislación ausente
o vacía ya que se refiere a un territorio fluido
y no fijo.
Una de las capas envolventes más
importantes por su capacidad de influir en los modos
de uso de los territorios y en los modos de control
de los sujetos críticos consiste en la colocación
de bases militares de Estados Unidos en puntos seleccionados
del continente con dos propósitos explícitos
y evidentes: garantizar el acceso a los recursos naturales
estratégicos y contener, disuadir y/o eliminar
la resistencia ante las políticas hegemónicas
y la insurgencia abierta. Actualmente Estados Unidos
cuenta con un sistema de bases que ha logrado establecer
dos áreas de control: 1. el círculo formado
por las islas del Caribe, el Golfo de México
y Centroamérica, que cubre los yacimientos petroleros
más importantes de América Latina y que
se forma con las bases de Guantánamo, Reina Beatriz,
Hato Rey, Lampira, Roosevelt, Palmerola, Soto Cano,
Comalapa y otros tantos puestos militares de menor importancia;
2. el círculo que rodea la cuenca amazónica
bajando desde Panamá, en el que el canal, las
riquezas de la región y la posición de
entrada a América del Sur han sido esenciales,
y que se forma con las bases de Manta, Larandia, Tres
Esquinas, Caño Limón, Marandúa,
Riohacha, Iquitos, Pucallpa, Yurimaguas y Chiclayo,
que a su vez enlazan con las de la zona más al
norte.
Las posiciones llegan hasta Bolivia
y se han hecho intentos por colocarlas en Brasil y la
punta de Argentina. Recientemente, el convenio de inmunidad
para las tropas de Estados Unidos en sus acciones en
Paraguay completa la cobertura permitiendo extender
hasta el sur lo que hasta hace poco sólo abarcaba
hasta la cuenca amazónica.
Algo que podría ser concebido
como la última frontera o la capa envolvente
más externa, está conformada por los ejercicios
militares en los océanos Pacífico y Atlántico
y en el Mar Caribe: en todo lo que circunda a América
Latina. Hasta ahora la percepción que se tenía
era la de ejercicios circunstanciales y esporádicos
y en parte por esa razón no se les ha concedido
demasiada importancia. Mucho menos se les ha considerado
parte de la estrategia continental de control. Sin embargo,
de acuerdo con nuestras investigaciones, por lo menos
en los últimos cinco años se trata de
ejercicios sistemáticos, que permiten realizar
un patrullaje constante alrededor de América
Latina y mantener ahí una presencia más
o menos permanente. Son ejercicios que tienen un carácter
secuencial, evolutivo, y que marcan en verdad un circuito
de frontera que, por ser externa a las aguas territoriales
de los países correspondientes, queda a cargo,
nuevamente, del gendarme mundial.
Ahora bien, estas capas envolventes,
que atañen a América Latina en su conjunto,
van a estar focalizadas en tres áreas distintas
en las que parecen atender a tres estrategias diferenciadas.
Esas tres subregiones se caracterizan también
por tres paradigmas distintos de dominación y
sus diferencias geopolíticas son muy claras.
En los tres casos, por diferentes razones, se trata
de puntos estratégicos tanto por los recursos
que albergan como por su posición geográfica
específica.
La primera región es la constituida
por Colombia y su área circundante. Yo destacaría
dos elementos en este caso, relacionados con la estrategia
contrainsurgente y de ocupación militar: 1. el
experimento de la polarización para valorar hasta
dónde es posible dominar, controlar e incluso
hegemonizar a través de un esquema de polarización
exacerbada, y 2. hasta dónde es posible, a partir
de asentamientos o de construcciones sociales como la
colombiana, el control de la que Estados Unidos considera
la mayor amenaza hoy en el continente, que es Venezuela,
evaluando el carácter de las tensiones fronterizas
que se desarrollan y la capacidad de control de la insurgencia
venezolana desde Colombia.
La segunda subregión es la del
Caribe y la cuenca del Golfo de México, extendida
hasta Venezuela. El enclave paradigmático en
este momento se localiza en el caso de Haití,
aunque, evidentemente, con fuertes implicaciones para
Cuba. Haití es un caso muy importante porque
es donde se está ensayando otra manera de establecer
la hegemonía a través de la complicidad
casi obligatoria de todos los ejércitos del continente,
sin olvidar la de Francia, que asegura tener ahí
un conflicto de intereses. La ocupación de Haití,
así sea por los llamados cuerpos de paz, es una
ocupación militar, impuesta. Todos sabemos que
la figura de cuerpos de paz fue creada como parte de
los mecanismos de penetración contrainsurgente
de la USAID en los momentos inmediatos posteriores a
la Segunda guerra mundial. Aunque ahora esta figura
esté sancionada por la ONU, la conformación
latinoamericana de los ocupantes de Haití está
involucrando una estrategia que hasta ahora no había
tenido éxito, y es que los países de América
Latina todavía no acaban de aceptar en el Consejo
Hemisférico la construcción de la fuerza
militar hemisférica, como fuerza multinacional,
porque saben el riesgo que tiene en términos
de pérdida de soberanía, y sin embargo
ya les es impuesta a través de su participación
en Haití; son Brasil, Argentina, Uruguay y Chile
los que están a cargo del disciplinamiento y
la represión al pueblo haitiano, de la destrucción
de la organización política del pueblo
haitiano en razón de su supuesta incapacidad
para autogobernarse.
Los brasileños, que encabezan
las fuerzas de ocupación, justifican su presencia
y su actuación asegurando que están ahí
para garantizar la seguridad del pueblo haitiano; pero
ellos son los que están matando al pueblo haitiano,
acompañados de militares chilenos como el General
Aldunate, en calidad de segundo responsable de la MINUSTAH,
señalado por haber pertenecido a la policía
militar, la DINA, en la época de la dictadura
de Augusto Pinochet.
El otro eje del paradigma, el otro
ensayo de estrategia, es el caso de Paraguay. Es un
caso urgente dado que el país completo ha sido
convertido en base militar, con implicaciones regionales
de primera importancia. Por las características
del convenio firmado, que ya está en práctica,
se puede inferir la reactivación, sobre bases
mucho más modernas, del siniestro Plan Cóndor.
Simultáneamente, Paraguay es el corazón
de una subregión que si bien ha sido escenario
de acción de dictaduras militares que se significaron
por su creatividad perversa en todo tipo de torturas
y por ser máquinas implacables de desaparición
y muerte, hasta ahora no tenía bases militares
directamente de Estados Unidos. Los ejercicios conjuntos
en Paraguay han sido sistemáticos pero el carácter
de la ocupación militar actual no tiene precedente.
Esta subregión concentra una
enorme porción del agua dulce del planeta en
sus abundantes ríos y lagos, en los acuíferos
subterráneos y en los glaciares del sur, además
de minerales y otros recursos valiosos como petróleo
y gas, particularmente en Argentina y Bolivia. Es en
este sentido de una importancia indudable. El convenio
con Paraguay, la insistencia en que la triple frontera
(Paraguay, Argentina y Brasil) es lugar de refugio de
terroristas, y la visita de Bush a Mar del Plata han
acelerado la aprobación de leyes antiterroristas
en los países sureños tan ambiguas como
permisivas, casi cheques en blanco.
Y bien, volviendo a lo mencionado en
un inicio, estamos en territorios en disputa. Los pueblos
latinoamericanos están movilizados una vez más
para defender la vida. Si algo se ha demostrado en los
últimos diez años es que su acción
ha detenido por lo menos una parte de lo que implicaba
esta estrategia, diseñada por cierto antes del
11 de setiembre de 2001. Se ha detenido la instalación
de algunas bases militares, se ha impedido la realización
de algunos ejercicios; se ha parado la desapropiación
de tierras, el envenenamiento de los ríos, la
construcción de represas que dañan el
medio ambiente y las posibilidades y modos de vida de
los pueblos y comunidades.
Como pensadores críticos, como
cientistas sociales, tenemos la responsabilidad de hacer
un buen análisis de estos procesos para aportar
elementos precisos y claros sobre su esencia, su dinámica
y sus tendencias; sobre sus límites y la capacidad
de los pueblos movilizados para detenerlos y cambiar
el rumbo de la historia, pero también de movilizarnos
con los pueblos en contra de estas tendencias y contribuir
a crear una sociedad más parecida a lo que tenemos
en nuestros sueños.Ir a principal
Publicado en: Pensamiento y Acción
por el Socialismo. Rosa Luxemburgo. América Latina
en el Siglo XXI 2006 (Buenos Aires: FISYP y FRL)
Bibliografía: Ceceña,
Ana Esther 2004 “Estrategias de construcción
de una hegemonía sin límites” en
Ceceña, Ana Esther (comp) Hegemonías y
emancipaciones en el siglo XXI (Buenos Aires: CLACSO). |